jueves, junio 30, 2016

Chicas de calendario. La rebelde Pippi.


Empiezo por confesar que a casi todas las niñas de mi generación nos hubiera encantado parecernos a Pippi Langstrump. En aquella España casposa de finales de los setenta no abundaban los cantos a la rebeldía y aquella niña fascinante llegada de Suecia nos dejó a muchos sentados frente a la pantalla mientras nos merendábamos las "delicatessen" del momento, a saber: pan con aceite y chocolate, pan con aceite y sal, pan con plátano... ahora se la llamaría dieta milagro o algo por el estilo porque es un milagro que cumpliéramos los 10 años comiendo todos los días pan a dos carrillos. 
Realmente los libros de Astrid Lindgren no eran conocidos por aquí pero si fue muy popular la serie de televisión basada en sus textos, afortunadamente pasó la censura de la época y sin duda su emisión supuso un punto y aparte en la programación infantil de TVE, ya no iba a ser todo sufrir con las desventuras de la desgraciada Heidi o el llorica Marco, por no mencionar a la lacrimógena familia de 'La casa de la pradera'. Por fin llegaba a nuestras aburridas existencias en blanco y negro una verdadera heroína, una transgresora e independiente niña venida del norte de Europa que poseía una fuerza descomunal, transmitía una alegría desbordante y siempre hacia lo que le daba la real gana.

Pippi Calzaslargas, como se la conoció en España, era una mocosa de nueve años, pelirroja de trenzas tiesas, huérfana de madre y con un padre dedicado al pirateo por los siete mares, que vivía sola en Villa Kunterbunt. Además poseía poderes mágicos, guardaba en casa un baúl repleto de monedas de oro, nunca iba a la escuela y siempre llevaba puesto un vestido hecho de retales y unas botas viejas. Toooodo era muy fascinante... pero para mi lo mejor, lo que convertía a Pippi en un ídolo al que adorar y a mi en una pequeña fanática de sus aventuras, capaz de arrastrarse por el lodo por no perderse uno de sus episodios eran sus animales. Vivía en compañía de su inseparable mono tití, Señor Nilsson, con quien podía comunicarse y tramar todo tipo de gamberradas mientras se paseaba a lomos de Pequeño Tío, su caballo a lunares ¿que más podía pedir? ¡la vida de aquella sueca pecosa era maravillosa!
Además tenía un par de amigos, los hermanos Tommy y Annika, que se implicaban en todas sus aventuras y a pesar de ser bastante modositos, la admiraban hasta las trancas y quedaban deslumbrados con su descaro y su desafío continuo a la autoridad de los adultos.

La autora sueca Astrid Lindgren imaginó su personaje de Pippi Langstrump en 1944 básicamente para entretener a su hija Karin cuando enfermó de neumonía. En principio fue rechazada por una importante editorial sueca pero un año después ganó un concurso y se publicó con gran éxito. Según reconoció Lindgren la creación de Pippi, aunque destinada a un público infantil, significó para ella una válvula de escape, un ansia de libertad y de romper convenciones tras los duros años de la guerra.
También se convirtió en un modelo para el movimiento feminista, aquella niña tan independiente, inquieta y de carácter fue un espejo para la sociedad nórdica de los años cincuenta. Me gustaría pensar que también influyó en las niñas de mi quinta para hacernos mejores y ser hoy mujeres más solidarias y decididas, preocupadas por los animales y el medio ambiente, empáticas con los desfavorecidos y en definitiva más civilizadas y adaptadas a este siglo XXI.
Por todo ello y por salvarnos de muchas rancias tardes posfranquistas  ¡¡Gracias Pippi!!







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